Hoy ha muerto una persona profundamente importante en mi vida: mi psicólogo, Enrique Caballero.
Cuando llegué de México pregunté quién era el mejor psicólogo de San Luis, y varias personas me dieron su nombre.
No fue sino hasta estar en terapia con él que entendí por qué.
Enrique era excepcional, no sólo por su sabiduría y sus nuevos conceptos de la psicología, sino por su entrega y su absoluta dedicación a sus pacientes.
En lo personal, me ayudó en temas fundamentales: la relación con mi madre y la confianza en mí misma.
Gracias a su acompañamiento pude sanar una relación esencial y, por ello, los últimos diez años de la vida de mi mami pude hacerme cargo de ella sin resentimiento alguno.
La perdoné sin que jamás me pidiera perdón; ya no era necesario.
Cuando supe que Enrique estaba enfermo sentí un dolor muy fuerte, como cuando alguien muy cercano se va de tu vida, aunque yo sabía que sólo fui su paciente.
Quizá él se olvidó de mí, pero yo jamás me olvidaré de él.
Estoy segura que Enrique Caballero pasará a la historia como uno de los grandes de la psicología.
Su legado vive en cada persona que ayudó a sanar.
Gracias, Enrique, por tu aportación a la psicología y por haber sido mi terapeuta durante casi dos años.
Qué suerte haberte conocido.
Quizá ahora estás con mis primas Leticia Jonguitud Aguilar y Alicia Moreno Castro, en algún lugar del universo.
Qué tristeza tan grande.
Gracias por todo. (Por Lucero Aguilar F.)





