Un solo hombre con un arma corta tiene sometidas a decenas de personas en lo alto de la Pirámide de la Luna, en la concurrida zona arqueológica de Teotihuacán (Estado de México). Entre la gente aterrorizada hay muchos turistas extranjeros. En los vídeos que han saltado a las redes se los ve pecho en tierra u ocultos detrás de las piedras que sobresalen de la propia pirámide. El asesino ―que mató a una persona de nacionalidad canadiense― se pasea con parsimonia en esa altura que ha elegido como escenario. Parece consciente de que lo observan, lo graban, lo temen. Todo el mundo petrificado mientras el atacante, identificado como Julio César Jasso Ramírez, de 27 años, camina hacia su equipaje, se agacha, extrae probablemente cartuchos, y luego, arma en mano, un revólver calibre .38, regresa hacia donde están postradas las que serán sus víctimas.
Los videos, grabados a decenas de metros de distancia por los visitantes que están a los pies de la pirámide, no permiten observar los pequeños detalles, pero dejan ver la imagen amplia, la deplorable hazaña del asesino ante el mundo: Jasso Ramírez, que lleva indumentaria militar, balancea el brazo con el arma, apunta al cielo, luego hacia la gente tirada bocabajo, y dispara una, dos, tres veces. Así, los tiros espaciados por un breve descanso macabro, como si cada detonación y su intervalo fuese un mensaje codificado.
Además de asesinar a la mujer canadiense, el atacante hirió a siete personas con el arma. Otras seis sufrieron lesiones corporales y fracturas al calor de la refriega. Según la Fiscalía del Estado de México, Jasso Ramírez se suicidó con su propio revólver, tras haber sido herido en una pierna por elementos de la Guardia Nacional, que llegaron al sitio para atender la crisis. Las autoridades esperaron hasta el día siguiente de la matanza, ocurrida el lunes, para dar detalles que permiten entender el crimen de un lobo solitario, que ha elegido a una multitud aleatoria. Es inevitable pensar en las matanzas que son frecuentes en Estados Unidos, a las que no están habituados los mexicanos.
Ahora se sabe que el asesino era originario del municipio de Tlapa (Estado de Guerrero) —que tiene una enorme población indígena— y vivía en Ciudad de México, según la identificación que las autoridades hallaron entre sus pertenencias. En una mochila llevaba decenas de cartuchos, un cuchillo y panfletos relacionados con la masacre del Instituto Columbine, Colorado, Estados Unidos, ocurrida el 20 de abril de 1999, tomada por él como una efeméride. La Fiscalía mexiquense considera que Jasso Ramírez tenía “un perfil psicopático” que lo volvió un copycat, un imitador que replica crímenes icónicos. Su inspiración fueron los dos estudiantes de Columbine que asesinaron con rifles de asalto a 12 compañeros y un profesor, e hirieron a 24 personas más. Después, se suicidaron. Ese hecho se ha convertido en una de las mayores estampas de la epidemia de las armas y sus víctimas en EE UU. El revólver que usó Jasso Ramírez, un Smith & Wesson, era en sí mismo una reliquia de la década de los sesenta proveniente del país norteamericano.
El perfil de las víctimas ―todas extranjeras― y los signos elegidos por el atacante aportan más pistas sobre un crimen movido por el odio, por mucho que la Fiscalía del Estado de México insista en que Jasso Ramírez simplemente tenía “una psicopatía, un padecimiento, una enfermedad”. “Estaba desconectado del mundo real”, ha dicho el fiscal, José Luis Cervantes, y ha añadido: “Dejó algunas notitas donde decía que tenía alguna inspiración más allá de la Tierra”. El periódico Milenio encontró que Jasso Ramírez era un seguidor de Hitler y llegó a publicar fotografías suyas haciendo el saludo nazi, lo que le aproxima a la ultraderecha fascista. De hecho, otra efeméride que se cumplía el mismo día del crimen de Jasso Ramírez era el nacimiento del líder fascista alemán.
Un video que fue grabado de cerca por una de las víctimas que aquel mantenía como rehenes captura al asesino dando un discurso nacionalista, xenofóbico y misógino. “Y vosotros que habéis venido desde la puta Europa no vais a regresar”, dice, imitando el español peninsular. Los amenaza: “¡Si os movéis, os sacrifico! Esto [la pirámide] se construyó para sacrificar, cabrones, no para que vengáis a hacer la puta fotito de mierda”. Añade que a “dos coreanos” los ha “sacrificado como perros” (aunque el parte oficial no da cuenta de más muertes ni incluye a personas de esa nacionalidad). Se oye —la imagen está en negro, pues quien grabó tenía escondido el celular— que a un turista le dice “puto portugués de mierda”, y luego “brasileño asqueroso”. A una mujer a la que le da órdenes le grita insultos machistas: “¡Muévete, cabrona, como si fueras a follar!“.
Las redes en México han hecho referencia a la playera que llevaba Jasso Ramírez, que tenía estampada la leyenda “Disconnect & Self-Destruct” (Desconectarse y autodestruirse), de uso común en la True Crime Community (TCC, por las siglas en inglés de Comunidad del Verdadero Crimen), en la que estaban involucrados los asesinos de Columbine. Mientras la relación de Jasso Ramírez con la TCC no se ha establecido oficialmente, lo cierto es que diversas organizaciones han advertido de la proliferación de las ideas de esa organización difusa, especialmente en lo relativo a la “violencia performativa” o “violencia nihilista”. Sello este que se repite en crímenes aparentemente inconexos, en países distintos, donde el arma asesina puede ser una pistola o un puñal, donde las víctimas son personas aleatorias en una multitud, y donde el denominador común es que el atacante es siempre un hombre.
Este inusual crimen ocurre como un eco del asesinato, hace apenas tres semanas, en Michoacán, de dos profesoras de bachillerato por parte de un adolescente de 15 años, que usó un rifle de asalto AK-47. Momentos antes del homicidio, el muchacho se grabó frente a su espejo posando con el arma. En otras historias sueltas subidas a sus redes, publicó mensajes que lo identifican con la machosfera de la comunidad incel, un movimiento extremista de hombres que profesan el odio hacia las mujeres y reivindican una masculinidad lastimada y resentida. Otro crimen semejante sucedió dentro de un bachillerato de la prestigiosa UNAM, en septiembre de 2025. Un estudiante fue asesinado con un cuchillo por un hombre de 19 años que ingresó al plantel a atacarle. El victimario hizo varias publicaciones en las redes donde se describía como un joven atrapado en la soledad y el resentimiento. En foros incels(término para “célibes involuntarios”, hombres que se consideran despreciados por las mujeres), escribió mensajes que dejaban ver su disposición a matar.
La semana pasada, México celebraba el histórico descenso de la cifra de homicidios en una década ―a un promedio de 50 mensuales―, tras el largo periodo de violencia enmarcada en la guerra contra el narco. El asesinato de Teotihuacán da cuenta de otro tipo de violencia que ha anidado al margen de los carteles, impulsada por el odio extremista y que captura a los hombres. Un fenómeno que ha saltado de los foros digitales a las calles, con trágicas consecuencias reales. De momento, México ha anunciado que se reforzarán las medidas de seguridad en las zonas arqueológicas para proteger a los visitantes. Pero el problema es mayor y urge una atención específica de parte del Estado mexicano.



