Principal 1
previous arrow
next arrow

En la calle de Galeana, en pleno corazón del Centro Histórico de San Luis Potosí, durante décadas hubo un aroma que parecía formar parte de la ciudad. Era el olor del chocolate, del caramelo, de las nueces, de las jaleas y de aquellas golosinas que varias generaciones aprendieron a reconocer aun antes de saber pronunciar su nombre: Costanzo.

Pero detrás de aquella tradición había también un hombre.

Un hombre sencillo, reservado, amable, poco afecto a hablar de sí mismo y extraordinariamente generoso: Luis Costanzo Palafox, heredero de una empresa familiar que convirtió en parte inseparable de la identidad potosina y, al mismo tiempo, un auténtico mecenas de la cultura, siempre dispuesto a tender la mano a poetas, escritores, pintores, músicos y creadores locales.

No preguntaba demasiado. Ayudaba.

Quienes nos desenvolvimos durante años en el ambiente cultural de San Luis Potosí lo vimos muchas veces. Don Luis apoyaba a los artistas sin distinciones ni protagonismos. Su generosidad no necesitaba reflectores. Era una manera natural de conducirse por la vida.

Mi hermano, el poeta Hugo Lázaro Aguilar, quien lo conoció y escribió sobre él, lo definió alguna vez con tres palabras que parecen retratarlo entero: «generoso, parco y feliz».

UNA MAÑANA EN GALEANA

En octubre de 2013 tuve oportunidad de entrevistarlo para Expresión San Luis.

La conversación no ocurrió en una oficina elegante ni alrededor de una gran mesa ejecutiva. Ocurrió de una manera que hoy, al recordarla, parece describir perfectamente a don Luis: en la banqueta, frente a la entrada de su dulcería de Galeana 435.

Era una mañana soleada.

Vestía pantalón beige, camisa azul y chamarra del mismo tono. Ahí, a unos pasos de la fábrica que encerraba buena parte de la historia de su familia, contestó con sencillez cada una de nuestras preguntas.

Para entonces Costanzo era ya una institución potosina. Sin embargo, su propietario seguía hablando sin grandilocuencia, como si detrás de aquellas paredes no existiera una de las empresas más entrañables de San Luis Potosí.

La historia había comenzado muchas décadas antes.

EL ITALIANO QUE LLEGÓ A SAN LUIS

Su padre, José Costanzo Navazzotti, nació en Turín, Italia, el 4 de junio de 1890. Llegó a San Luis Potosí a finales de la década de 1920 y, gracias a sus conocimientos en la elaboración de caramelos, comenzó a trabajar en la fábrica de dulces La Victoria.

En 1930 decidió emprender por su cuenta.

La primera microempresa funcionó en su propio domicilio, en la calle de Guerrero, cerca del pasaje Lozada. Después, con la inauguración del Cine Azteca frente a la Plaza de Armas, instaló una dulcería en uno de los anexos de aquella sala cinematográfica.

La historia familiar se entrelazaría curiosamente con aquel lugar.

Fue precisamente en las tardeadas del Cine Azteca donde José Costanzo conoció a María de los Ángeles Palafox, quien se convertiría en su esposa y en una pieza fundamental de la empresa.

En 1935 adquirieron la finca de Galeana 435.

Allí comenzó a crecer una historia que terminaría atravesando generaciones.

Primero fueron cuatro empleados, un molino manual y un quemador. Para 1946, la fábrica contaba ya con veinte trabajadores, ocho «trampadoras» manuales y rudimentarios refrigeradores de lámina enfriados con hielo para conservar los productos.

Mucho antes de las grandes tecnologías industriales, allí estaban ya las manos, las recetas y la paciencia.

undefined

EL HIJO ÚNICO

Luis Costanzo Palafox nació un 26 de octubre en San Luis Potosí.

Fue hijo único.

Recordaba su infancia como una época feliz. Estudió la primaria en el Colegio Motolinía y la secundaria en el Instituto Potosino. Después se incorporó de lleno al negocio familiar.

De sus padres aprendió, según relató a esta revista, tres principios fundamentales: trabajo, honestidad y constancia.

De su madre hablaba con particular admiración:

«Mi madre era una mujer muy inteligente y trabajadora; siempre apoyó a mi padre, llevaba la batuta de las dulcerías».

Cuando José Costanzo Navazzotti murió, el 29 de noviembre de 1966, María de los Angeles Palafox y su hijo Luis quedaron al frente de la empresa.

No solamente conservaron lo construido: lo hicieron crecer.

Adquirieron paulatinamente cuatro propiedades vecinas y ampliaron la fábrica.

Don Luis impulsó además una práctica que revela mucho de su manera de entender el trabajo: alentaba a sus propios empleados a vender productos Costanzo después de su jornada laboral para que pudieran obtener ingresos adicionales.

Cuando su madre murió, en 1993, Luis quedó al frente de aquel legado.

Cinco años después se asoció con empresarios potosinos y comenzó una nueva etapa de crecimiento y tecnificación, pero bajo una condición que para él era prácticamente sagrada: no alterar la calidad ni las recetas que habían dado origen a Costanzo.

«NO TENEMOS COMPETENCIA»

Cuando le pregunté cuál era el secreto del éxito de sus chocolates, no titubeó.

La respuesta fue sencilla: materias primas de alta calidad, productos naturales y fidelidad absoluta a las recetas originales de su padre.

Y entonces pronunció una frase que reflejaba la seguridad que tenía en aquello que fabricaban:

«No tenemos competencia».

No parecía arrogancia. Era confianza en un producto que conocía desde niño.

En aquel 2013, la fábrica ocupaba ya casi dos mil metros cuadrados, daba trabajo a más de cien personas -algunas con más de 35 años de antigüedad y contaba con maquinaria de tecnología italiana y alemana.

Elaboraba más de 150 productos.

Tornillos, duquesas, princesas, nueces encaneladas, enjambres de nuez, Púrpura y Oro, canastillas de cajeta y rompope, jaleas, caramelos macizos y rellenos formaban parte de aquel pequeño universo de azúcar y chocolate.

«Don Luis entendió que una ciudad no sólo se construye con empresas y edificios, sino también con libros, pinturas, música y poesía. Por eso abrió su mano a los artistas potosinos y convirtió la generosidad en otra forma de hacer cultura.» — Expresión San Luis

Cuando le pregunté cuál era su favorito, volvió a responder sin complicaciones:

La esponja, aquel malvavisco cubierto de chocolate que generaciones de potosinos conocen perfectamente.

«MÁS DULCES QUE LOS BESOS DE LA NOVIA»

Hay frases publicitarias que terminan sobreviviendo a quienes las inventaron.

«Costanzo, más dulces que los besos de la novia» es una de ellas.

Cuando le pregunté quién había creado aquel eslogan, don Luis sonrió y confesó que no lo sabía. Alguien se lo había dicho a su padre y él simplemente decidió adoptarlo.

La frase quedó para siempre.

Como quedaron también aquellas cajas que viajaban en automóviles y maletas hacia otras ciudades; los chocolates que los potosinos llevaban como regalo cuando visitaban familiares; los caramelos comprados después de caminar por el Centro Histórico.

Costanzo dejó de ser solamente una marca.

Se convirtió en memoria colectiva.

undefined

EL MECENAS

Pero existe otro Luis Costanzo que merece permanecer en la historia de San Luis Potosí.

Es el hombre que estaba detrás del empresario.

Durante décadas, don Luis fue un mecenas silencioso de la cultura potosina. Apoyó a pintores, escritores, poetas y artistas de diferentes disciplinas. Lo hacía sin preguntar filiaciones ni exigir reconocimientos.

Su ayuda alcanzaba también a personas necesitadas, instituciones asistenciales y casas de ancianos.

Hugo Lázaro Aguilar escribió que su generosidad era proverbial y recordó cómo alrededor de Costanzo encontraban ayuda artistas, menesterosos y personas que acudían buscando apoyo.

Aquello quizá explique por qué Luis Costanzo era mucho más que el propietario de una empresa reconocida.

Era un personaje querido.

Y era querido porque sabía compartir.

En una época en que la palabra mecenas parece pertenecer a otros siglos, don Luis ejerció el mecenazgo de la manera más auténtica: ayudando a que otros pudieran crear.

Muchos artistas potosinos encontraron en él una puerta abierta.

Y jamás necesitó poner su nombre junto a la obra que ayudaba a hacer posible.

EL PANAL DE GALEANA

Hugo Lázaro guardaba además un recuerdo particularmente hermoso de la fábrica.

Un amigo suyo le había dicho que entrar a Costanzo era como penetrar en un panal de abejas: trabajadoras vestidas de blanco iban y venían silenciosamente entre chocolates, confites y materias primas.

La imagen es perfecta.

Porque durante décadas aquella fábrica fue precisamente eso: un panal en el corazón de San Luis.

Afuera transcurría la ciudad.

Adentro, generaciones de trabajadores repetían movimientos, recetas y procedimientos que habían comenzado muchas décadas atrás con aquel inmigrante italiano que decidió hacer caramelos en una pequeña casa de la calle Guerrero.

Don Luis respetaba profundamente a esos trabajadores.

Algunos permanecieron en la empresa durante décadas. Crecieron junto con ella y envejecieron entre los aromas del chocolate y el caramelo.

EL SAN LUIS QUE AÑORABA

Don Luis había viajado muchas veces a Turín, la ciudad natal de su padre, donde todavía tenía familiares.

Le gustaba la música clásica y escuchaba a Ray Conniff.

Pero había algo que añoraba profundamente: el antiguo San Luis Potosí.

Recordaba aquella ciudad con menos automóviles, menos autobuses y, sobre todo, menos ruido.

Tal vez por eso fue también un férreo defensor del patrimonio del Centro Histórico.

Comprendía que una ciudad no está formada únicamente por edificios. Está hecha de recuerdos, comercios, calles, aromas, sonidos y lugares capaces de acompañar a una persona durante toda su vida.

Costanzo era precisamente uno de esos lugares.

undefined

ORGULLOSAMENTE POTOSINOS

Al terminar aquella entrevista de 2013 le pregunté qué mensaje quería enviar a la gente.

Su respuesta tampoco necesitó discursos:

«Que sigan prefiriendo nuestros productos, orgullosamente potosinos».

En esas pocas palabras estaba resumida buena parte de su vida.

Porque aunque el origen de la familia estuviera en Turín y las primeras recetas hubieran atravesado el océano, Costanzo terminó perteneciendo profundamente a San Luis Potosí.

Y Luis Costanzo también.

El hombre reservado que atendía una entrevista sentado prácticamente a las puertas de su fábrica; el empresario que se preocupaba por conservar las recetas de su padre; el hijo que hablaba con admiración de su madre; el defensor del Centro Histórico; el amigo de los artistas; el benefactor que ayudaba sin preguntar demasiado.

El hombre que entendió que una herencia no consiste solamente en recibir algo, sino en preservarlo, engrandecerlo y entregarlo a la siguiente generación.

Hugo Lázaro Aguilar terminó aquel texto dedicado a su amigo imaginándolo como el personaje de una vieja canción infantil:

«Era un rey de chocolate…»

La imagen resulta hoy entrañable.

Pero Luis Costanzo Palafox fue algo más.

Fue custodio de una tradición familiar, empresario, benefactor y mecenas.

Y mientras en alguna mesa de San Luis Potosí alguien abra una caja de Costanzo; mientras un niño descubra por primera vez una esponja cubierta de chocolate; mientras alguien lleve unos dulces de Galeana como regalo a otra ciudad, seguirá viva una historia que comenzó hace casi un siglo.

Porque algunos empresarios construyen fábricas.

Otros construyen fortunas.

Luis Costanzo ayudó a construir recuerdos.

Y quizá por eso su legado permanecerá por mucho tiempo en la memoria y en el corazón de San Luis Potosí.

(Por Lucero Aguilar F.)

¿Por qué forma parte de esta edición?

Porque Luis Costanzo Palafox trascendió la figura del empresario para convertirse en parte de la memoria afectiva y cultural de San Luis Potosí. Preservó y engrandeció una tradición familiar que durante generaciones ha llevado el nombre de nuestro estado dentro y fuera de sus fronteras, generó empleos y defendió la identidad del Centro Histórico.

Pero su huella fue todavía más profunda: fue un auténtico mecenas de la cultura potosina. Apoyó generosamente y sin distinciones a pintores, escritores, poetas y creadores, muchas veces lejos de los reflectores y sin esperar reconocimiento.

Está en esta edición porque no sólo ayudó a construir una empresa: ayudó a construir cultura, identidad, oportunidades y recuerdos para generaciones de potosinos.

undefined