En marzo de 2026, San Luis Potosí detuvo por un momento el ritmo cotidiano para rendir homenaje a uno de sus hijos más generosos. Frente al estadio de futbol que mandó construir, se develada la escultura de don Jacobo Payán Latuff y, al mismo tiempo, el antes llamado bulevar Río Españita comenzó a llevar su nombre.
Aquella ceremonia fue mucho más que un acto protocolario. Representó el agradecimiento de una ciudad entera hacia un hombre que dedicó su vida a emprender, generar oportunidades, impulsar el deporte y servir, con discreción y generosidad, a la tierra que tanto amó.
Pero ninguna estatua cuenta, por sí sola, la verdadera historia de un hombre.
La de don Jacobo comenzó muchos años antes, en una modesta casa de la calle Zarzosa, en el corazón de San Luis Potosí. Allí nació el sexto de ocho hijos de Emilio Payán Sayet, de origen armenio, y Regina Latuff Saud, descendiente de inmigrantes libaneses. Nadie podía imaginar que aquel niño, criado entre limitaciones económicas, pero rodeado del cariño y los valores de una familia unida, llegaría a convertirse en uno de los empresarios más influyentes del San Luis Potosí contemporáneo.
Su infancia transcurrió entre carencias materiales, pero también entre afectos y alegrías que lo acompañarían toda la vida. Años después resumiría aquella etapa con una frase sencilla que revelaba su forma de entender la felicidad:
«Éramos pobres, pero felices.»
Desde muy pequeño ayudó a su padre a vender frutas, nueces y legumbres en el antiguo mercado de la ciudad. Aprendió que el trabajo dignifica, que el esfuerzo nunca avergüenza y que el ahorro abre caminos. Jamás renegó de aquellos años; por el contrario, los consideró siempre el mejor aprendizaje que pudo haber recibido.
Realizó sus primeros estudios en la Escuela Mariano Jiménez e inició una carrera comercial que tuvo que abandonar por falta de recursos. A los catorce años ingresó a trabajar al entonces Banco Nacional de México y, poco tiempo después, emigró a Estados Unidos en busca de mejores oportunidades.
Allá desempeñó uno de los trabajos más duros: recolectar basura. Con los ahorros que reunió compró ropa usada para venderla en México y obtener el capital que le permitió iniciar sus primeros negocios.

Su trayectoria empresarial nunca siguió un camino lineal. Fue comerciante, vendedor de automóviles, ganadero, empresario acerero, desarrollador inmobiliario y restaurantero. Solía decir, con una sonrisa, que le apostaba «a todo lo que se movía». Algunas veces ganó y otras perdió, pero jamás permitió que un tropiezo lo apartara de su propósito de seguir construyendo.
En 1975 abrió el primer restaurante La Parroquia, en la Plaza de Fundadores. Con el tiempo, aquel establecimiento se convirtió en un referente gastronómico para los potosinos. Después llegarían La Posada del Virrey, los hoteles Panorama y San Francisco, inversiones en la industria del acero, proyectos inmobiliarios y numerosas empresas que contribuyeron al crecimiento económico de San Luis Potosí.
Nunca olvidó la humilde casa de la calle Zarzosa donde comenzó su historia; quizá por eso dedicó el resto de su vida a engrandecer la ciudad que lo vio nacer.
Durante casi dos décadas, La Parroquia fue mucho más que uno de los restaurantes emblemáticos de la ciudad. Se convirtió en un auténtico punto de encuentro de la vida potosina. Por sus mesas pasaron presidentes de la República, gobernadores, empresarios, periodistas, artistas nacionales e internacionales, deportistas, intelectuales y visitantes ilustres. Allí convivieron figuras del espectáculo, del deporte y de la cultura, pero también miles de familias que hicieron de aquel restaurante una tradición.
Para don Jacobo, sin embargo, todos eran igualmente importantes.
Nunca permitió que el éxito modificara su trato con la gente.
Saludaba con la misma cordialidad al gobernador que al bolero de la esquina; al empresario que cerraba un gran negocio y al mesero que apenas comenzaba su jornada; al periodista, al maestro, al taxista, al cocinero o al cliente que llegaba simplemente a tomar un café. Su sencillez y encanto nunca fue una estrategia; era parte de su naturaleza.
Don Jacobo nunca necesitó encerrarse entre cuatro paredes para dirigir sus empresas. Su verdadera oficina estaba en cualquiera de sus restaurantes. Lo mismo podía encontrársele en La Parroquia de Fundadores, en la sucursal de avenida Carranza o en el Rendez Vous del Hotel Panorama, siempre rodeado de clientes, amigos y colaboradores.
Desde una mesa resolvía asuntos de trabajo, recibía a empresarios, escuchaba a proveedores, saludaba a viejos conocidos y conversaba con quienes llegaban simplemente a compartir un café. Nunca perdió el contacto con la gente, porque entendía que la cercanía era la mejor manera de dirigir y también la más hermosa forma de vivir.
IMPULSOR DEL FUTBOL
Esa visión profundamente humana también quedó reflejada en su compromiso con el deporte. Su participación fue decisiva para que San Luis Potosí contara con un estadio digno de su afición y con un proyecto futbolístico que devolvió la ilusión a miles de familias. Para él, el futbol no era solamente un espectáculo; era un punto de encuentro donde una ciudad podía reconocerse a sí misma.
Muchos pensaron que construir un estadio en una ciudad que ni siquiera contaba con futbol profesional era una apuesta demasiado arriesgada. Don Jacobo, en cambio, veía más lejos que los demás. Con recursos propios decidió levantar el inmueble convencido de que, tarde o temprano, San Luis Potosí volvería a tener un equipo digno de su afición.
Cuando algunos cuestionaban aquella decisión, él respondía con la serenidad de quien ya había imaginado el futuro:
«Por ahora no tenemos equipo, pero ya verás que vamos a tener uno… y para eso voy a construir el estadio.»
El tiempo terminó dándole la razón.
Años después, ese mismo escenario sería testigo del regreso del futbol de Primera División y del nacimiento de una nueva etapa para el deporte potosino. Su visión fue también uno de los pilares que hicieron posible la alianza con el Atlético de Madrid, proyecto que hoy forma parte de la historia del futbol mexicano.

HOMENAJE EN VIDA
Ese reconocimiento que durante décadas le expresaron empleados, clientes, amigos y colaboradores quedó plasmado de manera inolvidable en 2022, cuando la Cámara Nacional de la Industria Restaurantera y de Alimentos Condimentados (CANIRAC) le rindió un emotivo homenaje por sus casi cinco décadas de trayectoria empresarial.
Aquella ceremonia trascendió el ámbito restaurantero. Reunió a gobernadores, exgobernadores, alcaldes, empresarios, representantes de organismos empresariales, legisladores, periodistas, amigos y ciudadanos que quisieron agradecer personalmente la vida y la obra de un hombre que había contribuido, como pocos, al desarrollo económico, turístico y gastronómico de San Luis Potosí.
Más que un reconocimiento a un gran empresario, fue un homenaje a un hombre cuya trayectoria había dejado una huella profunda en la historia contemporánea del estado. Ese mañana quedó claro que el respeto que despertaba iba mucho más allá del mundo de los negocios: era el afecto sincero de una sociedad que lo reconocía como uno de los grandes constructores.
SU ESPOSA E HIJOS
Sin embargo, quienes lo conocieron de cerca saben que su mayor orgullo nunca fueron los negocios. Cuando se le preguntaba cuál había sido el secreto de su éxito, prefería hablar de su esposa, Yolanda Espinosa de Payán.
La mencionaba siempre con profunda gratitud y reconocía en ella a la gran compañera que caminó a su lado durante toda la vida. Solía afirmar que nada de lo alcanzado habría sido posible sin el apoyo de su familia. Con el mismo orgullo hablaba de sus seis hijos, a quienes consideraba la obra más importante de su existencia.
En una época en la que el éxito suele medirse por la fortuna acumulada, Jacobo Payán prefería medirlo por la fortaleza de su hogar.
A su vez, Yolanda Espinosa de Payán fue mucho más que la esposa de un destacado empresario. Mujer hermosa, discreta, sensible y comprometida con el servicio a los demás, presidió el Sistema Municipal DIF durante el Concejo Municipal de 2003, desde donde impulsó diversos programas de asistencia social y fortalecimiento de la familia.
Su cercanía con la gente le ganó el respeto y el cariño de numerosos potosinos.
La vida todavía les tenía reservada una última coincidencia. Don Jacobo falleció el 4 de noviembre de 2024 y, apenas veintidós días después, el 26 de noviembre, partió también Yolanda Espinosa de Payán. La noticia conmovió nuevamente a San Luis Potosí y dio la impresión de que concluía una historia compartida durante toda una vida.
Hoy resulta imposible recordar a don Jacobo senza evocar también a doña Yolanda. Sus nombres permanecen unidos no sólo por la historia de una familia ejemplar, sino por la huella de trabajo, generosidad y compromiso que ambos dejaron en la sociedad potosina.

Hasta los últimos años, Don Jacobo conservó intacta la energía que lo distinguió desde joven. Cuando se le preguntó qué seguía impulsándolo, respondió con la misma convicción que había guiado toda su existencia:
«Seguiré trabajando hasta el final.»
No era una frase hecha. Era la síntesis de toda una vida.
Más tarde llegarían los homenajes que trascienden el tiempo: la escultura monumental colocada frente al estadio y la decisión de renombrar el antiguo bulevar Río Españita como bulevar Jacobo Payán, confirmando que su legado dejó de pertenecer únicamente a su familia para convertirse en patrimonio de todos los potosinos.
Las estatuas suelen levantarse para recordar a quienes hicieron historia. La de don Jacobo representa algo todavía más profundo: la gratitud de una ciudad hacia un hombre que creyó en ella, invirtió en ella y la ayudó a crecer.
Cuando San Luis Potosí decidió colocar su figura a las puertas del estadio que ayudó a hacer realidad y dar su nombre a una de sus principales vialidades, no sólo honró a un empresario excepcional. Reconoció a uno de los grandes constructores del San Luis contemporáneo.
¿Por qué forma parte de esta edición?
Porque Jacobo Payán Latuff entendió que el verdadero éxito no consiste únicamente en crear empresas, sino en construir comunidad. Generó miles de empleos, impulsó el deporte, fortaleció la gastronomía potosina, abrió espacios de encuentro para miles de personas y demostró que la hospitalidad, ejercida con humildad y generosidad, también puede convertirse en una forma de transformar una ciudad. Su legado continúa vivo en las instituciones que impulsó, en las familias que encontraron oportunidades gracias a su trabajo y en la memoria agradecida de San Luis Potosí.




